domingo 33 ordinario c

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

33º ordinario c

Los discípulos ven solo lo físico y exteriormente, lo espectacular, lo deslumbrante, lo grandioso. Jesús va más allá. Con su mirada profunda ve lo de dentro, lo humilde. Se da cuenta que los discípulos no le entienden y los baja de golpe. De todo lo que ven no quedará nada, lo edificado con expolio e injusticia tiene poca consistencia. (sobre los exvotos: era lo que se aplicaba a los adornos del templo, como las puertas hechas totalmente de oro, adornadas con enredaderas de oro de las que colgaban racimos, y así todo el templo). Solo permanecerá lo construido sobre una entrega total. El templo y Jerusalén quedarán totalmente destruidos para que venga sobre la nube el nuevo templo, el Hijo del Hombre (Lc 21,27) que trae la salvación, la liberación.

DOMINGO 32 CICLO C

32º ordinario c

EL DIOS DE LA VIDA Hoy, Jesús, me haces considerar un Evangelio un poco difícil cuando estos saduceos te preguntan a ti sobre la situación de uno que se muere, deja a su mujer, se casa, deja descendencia, no se deja… Pero Jesús —¡qué grande eres!— aprovechas esta pregunta capciosa de los saduceos para decirnos que Tú eres el Dios de la Vida, que Tú no eres un Dios de muertos, sino de vivos, porque “para Él todos están vivos”. A la hora de hacer el encuentro contigo yo me preguntaba sobre esta expresión tuya: “Tú no eres un Dios de muertos, sino de vivos”. Y esta pregunta malintencionada de los saduceos me da pie para considerar lo grande que eres. Eres la vida del hombre, eres la alegría, eres el amor. Eres el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob. Tú estás presente en la historia de cada uno, de cada pueblo. Eres un Dios cercano, eres un Dios de la Vida

Domingo 33 tiempo ordinario C

31º ordinario c

¡Qué grandes lecciones este encuentro, Jesús! En primer lugar, tener un ansia grande de ir hacia ti, esté como esté, aunque me sienta mal, aunque me sienta pecador, aunque me sienta totalmente destrozado. En segundo lugar, tener una confianza grande en ti. Tú no haces acepción de personas, Tú no criticas, Tú no… Tú amas a todo el mundo, todos caben en tu corazón. Tú quieres lo que estaba perdido. Y oír de ti: “Zaqueo, baja pronto”. Oír que me dices: “¡Quiero entrar en tu casa! Venga, ábreme la puerta de tu corazón, cuéntame todo”. Y allí escuchar a Jesús que me salva, que me dice, que me anima. Y en ese encuentro de amor, entrar la salvación y la vida en mi corazón.

Domingo 30 tiempo ordinario C

30º ordinario c

¿QUIÉN SOY YO PARA JUZGAR? La parábola del fariseo y el publicano suele despertar en no pocos cristianos un rechazo grande hacia el fariseo que se presenta ante Dios arrogante y seguro de sí mismo, y una simpatía espontánea hacia el publicano que reconoce humildemente su pecado. Paradójicamente, el relato puede despertar en nosotros este sentimiento: «Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como este fariseo». Para escuchar correctamente el mensaje de la parábola, hemos de tener en cuenta que Jesús no la cuenta para criticar a los sectores fariseos, sino para sacudir la conciencia de «algunos que presumían de ser hombres de bien despreciaban a los demás». Entre estos nos encontramos, ciertamente, no pocos católicos de nuestros días. La oración del fariseo nos revela su actitud interior: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás». ¿Qué clase de oración es esta de creerse mejor que los demás? Hasta un fariseo, fiel cumplidor de la Ley, puede vivir en una actitud pervertida. Este hombre se siente justo ante Dios y, precisamente por eso, se convierte en juez que desprecia y condena a los que no son como él.

Domingo 29 tiempo ordinario C

 

29º ordinario c

Al final del viaje hacia Jerusalén, lugar de la muerte y gloria, Jesús exhorta a sus discípulos a orar. La oración ha de ser constante. El modo de vivir es la oración, es el ambiente, el aire que respira el discípulo. La primera parábola (Lc 18,1-8) es un ejemplo de cómo pedir que el Señor nos ayude frente al adversario y que la justicia triunfe. Comienza la parábola con la descripción de un juez injusto. No habla de lo que hace, sino de lo que deja de hacer. La omisión es tan inmoral como la mala acción. Este juez no está vinculado ni a la sinagoga ni al templo, sino a la ciudad, se trata de la justicia profana,

Domingo 28 tiempo ordinario c

28º ordinario c

CURACIÓN El episodio es conocido. Jesús cura a diez leprosos enviándolos a los sacerdotes para que les autoricen a volver sanos a sus familias. El relato podía haber terminado aquí. Al evangelista, sin embargo, le interesa destacar la reacción de uno de ellos. Una vez curados, los leprosos desaparecen de escena. Nada sabemos de ellos. Parece como si nada se hubiera producido en sus vidas. Sin embargo, uno de ellos «ve que está curado» y comprende que algo grande se le ha regalado: Dios está en el origen de aquella curación. Entusiasmado, vuelve «alabando a Dios a grandes gritos» y «dando gracias a Jesús».

27 DOMINGO CICLO C

 

27º ordinario c avisos

“Auméntanos la fe”: Es un deseo ardiente de quien vive la fe. Hay circunstancias que oscurecen la fe, la enfrían, e incluso se pierde. Dios es la fuente y hay que ir a beber todos los días de su fuente que es su palabra, su evangelio. Fe es una confianza inquebrantable de que Dios está con nosotros y nos da su gracia para afrontar la vida: La fe es una luz que nos hace ver la presencia de Dios en todas las cosas. La fe debe darle empuje a la vida, valor, esperanza…

domingo 26 tiempo ordinario c

26º ordinario c 2019

«TENDER LA MANO” El paisaje de la vida cotidiana esta partido en dos, en tres o en cuatro partes y un abismo las sepa- ra: la riqueza y la pobreza, el bienestar y la carencia, la indiferencia y la necesidad, la inclusion y la exclusion. La desigualdad rompe la armonia de un paisaje creado por Dios para todos los humanos. ¿Quien puede tender un puente de uno a otro lado de este paisaje roto? La parabola de Jesus se centra en el tiempo donde ya no es posible deshacer el entuerto. El abismo en la tierra se transforma en un abismo “mas alla”, cuando el retorno es ya imposible. Es ahora el momento de tender una mano superando la indiferencia y la frialdad de quienes creemos que todo marcha perfectamente porque a nosotros no nos toca el sufrimiento. Es ahora el momento de mirar de cara al pobre, al inmigrante, al excluido, al diferente, al “marcado”, y hacernos respon- sables de esta desigualdad para hacer entrar en la casa de nuestra vida cotidiana a los “lazaros” que estan a la puerta.

Domingo 24 tiempo ordinario C

 

24º ordinario c

Tres parábolas nos trae el Evangelio de hoy: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. Podríamos decir que hoy Jesús nos está presentando al Dios de los perdidos o, mejor aún, a un Dios que no da a nadie por perdido. Un Dios que pone en valor a aquellos que la sociedad ha desecha- do. Un Dios que corre al encuentro de los excluidos, sin pedir explicaciones de su vida, restaurándoles con su abrazo como hijos suyos de pleno derecho. Un Dios que nos da la seguridad de saber que, aunque nos sintamos totalmente perdidos, Él nos está buscando.

Un Dios que nos mueve a salir de la comodidad de nuestras comunidades, de los nuestros, y llegar hasta las periferias de la sociedad junto con los marginados de hoy.

23 Domingo ordinario ciclo c

23º ordinario c

Jesús va camino de Jerusalén. El evangelista nos dice que le “acompañaba mucha gente”. Sin embargo, Jesús no se hace ilusiones. No se deja engañar por entusiasmos fáciles de las gentes. A algunos les preocupa hoy cómo va descendiendo el número de los cristianos. A Jesús le interesaba más la calidad de sus seguidores que su número. De pronto “se vuelve” y comienza a hablar a aquella muchedumbre de las exigencias concretas que encierra el acompañarlo de manera lúcida y responsable. No quiere que la gente lo siga de cualquier manera. Ser discípulo de Jesús es una decisión que ha de marcar la vida entera de la persona. Jesús les habla, en primer lugar de la familia. Aquellas gentes tienen su propia familia: padres y madres, mujer e hijos, hermanos y hermanas. Son sus seres más queridos y entrañables. Pero, si no dejan a un lado los intereses familiares para colaborar con él en promover una familia humana, no basada en lazos de sangre sino construida desde la justicia y la solidaridad fraterna, no podrán ser sus discípulos.