5 domingo de pascua ciclo c

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5º PASCUA C

AMISTAD DENTRO DE LA IGLESIA Es la víspera de su ejecución. Jesús está celebrando la última cena con los suyos. Acaba de lavar los pies a sus discípulos. Judas ha tomado ya su trágica decisión, y después de tomar el último bocado de manos de Jesús, se ha marchado a hacer su trabajo. Jesús dice en voz alta lo que todos están sintiendo: «Hijos míos, ya no estaré con vosotros por mucho tiempo». Les habla con ternura. Quiere que queden gravados en su corazón sus últimos gestos y palabras. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que os conocerán todos que sois mis discípulos será que os amáis unos a otros». Este es el testamento de Jesús. Jesús habla de un «mandamiento nuevo». ¿Dónde está la novedad? La consigna de amar al prójimo está ya presente en la tradición bíblica. También los filósofos griegos hablan de filantropía y de amor a todo ser humano. La novedad está en la forma de amar propia de Jesús: «amaos como yo os he amado». Así se irá difundiendo a través de sus seguidores su estilo de amar. Lo primero que los discípulos han experimentado es que Jesús los ha amado como a amigos: «No osllamo siervos… a vosotros os he llamado amigos». En la Iglesia nos hemos de querer sencillamente como amigos y amigas. Y entre amigos se cuida la igualdad, la cercanía y el apoyo mutuo. Nadie está por encima de nadie. Ningún amigo es señor de sus amigos. Por eso, Jesús corta de raíz las ambiciones de sus discípulos cuando los ve discutiendo por ser los primeros. La búsqueda de protagonismos interesados rompe la amistad y la comunión. Jesús les recuerda su estilo: «no he venido a ser servido sino a servir». Entre amigos nadie se ha de imponer. Todos han de estar dispuestos a servir y colaborar. Esta amistad vivida por los seguidores de Jesús no genera una comunidad cerrada. Al contrario, el clima cordial y amable que se vive entre ellos los dispone a acoger a quienes necesitan acogida y amistad. Jesús les ha enseñado a comer con pecadores y con gentes excluidas y despreciadas. Les ha reñido por apartar a los niños. En la comunidad de Jesús no estorban los pequeños sino los grandes.

Un día, Jesús llamó a los doce, puso a un niño en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí». En la Iglesia querida por Jesús, los más pequeños, frágiles y vulnerables han de estar en el centro de la atención y los cuidados de todos.

4 domingo de pascua c

4º PASCUA C

Escuchar tu voz hoy y escuchar tu voz en este encuentro es llenarse de agradecimiento, de confianza, de abandono
y de bienestar por el cuidado amoroso que Tú me das. Tú me
dices hoy, Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz”.
Eso te pido hoy: que aprenda a escuchar tu voz —primer paso
para entrar en tu camino, para sentirme tranquila, para llenarme de confianza, de ilusión y de fuerza—. Escuchar…
Escuchar el susurro de tu voz, porque continúas diciéndome:
“Yo conozco a mis ovejas y ellas me siguen”. ¡Con qué cariño
lo dices, Jesús!
Con qué cariño me hablas hoy: “Si yo te conozco. Sé tus caminos, sé cómo andas, cómo hablas, lo que piensas, tus altos,
tus bajos, tus mediocridades… ¡todo lo sé! Pero Yo doy la vida
por ti y nadie te arrebatará de mis manos”.
¡Qué tranquilidad, Jesús, qué tranquilidad! Así eres Tú…
Hoy apareces como el buen Pastor, ese pastor
bueno que no hace daño, que cuida, que va
tras la oveja perdida, que nos llevas a buenos
pastos… Quiero darte gracias profundamente: gracias, Jesús, por ser mi Pastor.
Gracias, Jesús, por cuidarme. Gracias por
estar en tus manos. Pero también te pido que
aprenda a escuchar tu voz, que aprenda a
conocerte más, que aprenda a seguirte profundamente, aunque pase por todo, pero que
aprenda a seguirte, porque sé que Tú me cuidas, me sigues, me coges, me llevas, me conduces… —como dice el Salmo 22—, me conduces hacia fuentes tranquilas. Gracias por ser mi alimento

Tercer domingo de Pascua Ciclo C

 

3º PASCUA C

AL AMANECER Encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos a orillas del lago Galilea. Los cristianos están viviendo momentos difíciles de prueba y persecución: algunos reniegan de su fe. El narrador quiere reavivar la fe de sus lectores. Se acerca la noche y los discípulos salen a pescar. No están los Doce. El grupo se ha roto al ser crucificado su Maestro. Están de nuevo con las barcas y las redes que habían dejado para seguir a Jesús. Todo ha terminado. De nuevo están solos. El narrador subraya con fuerza: «Salieron, se embarcaron y aquella noche no pescaron nada». Vuelven con las redes vacías. ¿No es esta nuestra experiencia que vemos cómo se debilitan nuestras fuerzas y nuestra capacidad evangelizadora? Con frecuencia, mis esfuerzos en medio de una sociedad indiferente apenas obtienen resultados. También constatamos que nuestras redes están vacías. Es fácil el desaliento y la desesperanza. ¿Cómo sostener y reavivar nuestra fe? «Estaba amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla». Sin embargo, los discípulos no lo reconocen desde la barca. Tal vez es la distancia, tal vez la bruma del amanecer, y, sobre todo, su corazón entristecido lo que les impide verlo. Jesús está hablando con ellos, pero «no sabían que era Jesús». ¿No es este uno de los efectos más perniciosos de la crisis religiosa que estamos sufriendo? Preocupados por sobrevivir, constatando cada vez más nuestra debilidad, no nos resulta fácil reconocer entre nosotros la presencia de Jesús resucitado, que nos habla desde el Evangelio y nos alimenta en la celebración de la cena eucarística. Es el discípulo más querido por Jesús el primero que lo reconoce: «¡Es el Señor!». No están solos. Todo puede empezar de nuevo. Todo puede ser diferente. Con humildad, pero con fe, Pedro reconocerá su pecado y confesará su amor sincero a Jesús: «Señor, tú sabes que te quiero». Los demás discípulos no pueden sentir otra cosa. En nuestros grupos y comunidades cristianas necesitamos testigos de Jesús. Creyentes que, con su vida y su palabra, nos ayuden a descubrir en estos momentos la presencia viva de Jesús en medio de nuestra experiencia de fracaso y fragilidad. Los cristianos saldremos de esta crisis acrecentando nuestra confianza en Jesús. A veces, no somos capaces de sospechar su fuerza para sacarnos del desaliento y la desesperanza. Pagóla

2ª domingo de Pascua ciclo c

 

2º PASCUA C

Cuando escuchamos el evangelio de hoy sentimos como la Resurrección transforma la vida de las personas que creen: transforma en alegría el miedo, en confianza la desconfianza.. Pienso que tus discípulos estarían llenos de miedo, desorientados. Te habían visto en el Calvario y veían enemigos por todas partes. En esta primera aparición que haces a tus discípulos les llenas de alegría y les traes: “La paz sea con vosotros”. Cuantas veces en mi vida tengo dudas pero tu me dices: “Paz a ti paz a vosotros” Por qué no estaría Tomás, seguramente para darnos una gran lección: la de la unidad, la de la comunidad. Todos le habían visto, oído, palpado pero Tomás estaba fuera del corazón de la unidad. Cuantas veces nos pasa que nos sentimos fuera, en nuestro mundo, en nuestros pensamientos, en nuestras creencias y no te vemos, ni vemos tus clavos, ni vemos tus costado. ¡Qué bueno eres! Tú no puedes verme así y apareces en mi vida y me dices: “Mira mete tu mano, mira mis manos, trae tu mano, métela en mi costado y no seas incrédula sino fiel” ¡Qué escena tan bella, tan hermosa, tan transformante! Es una llamada a la fe, a que yo tenga fe, a que no piense que Tú estás muerto, que Tú no eres nadie; oigo que los demás dicen que vives, pero no creo… Ayuda mi falta de fe, impulsa mis sentimientos para que pueda palpar, ver, creer. Y gracias, Jesús, por quitarme estas dudas. Te tendré que decir, como Tomás —este acto de fe y de oración, de entrega sin límites—: “¡Señor mío y Dios mío!”. Ante tantas evidencias, ante tanto: “¡Señor mío y Dios mío!”. Necesito palpar, ver, sentir… Y Tú me dices esa queja: “¿Porque me has visto has creído? Felices, bienaventurados los que sin haber visto, creen”. ¡Qué llamada a la fe hoy! ¡Qué llamada al amor! ¡Qué llamada al agradecimiento! ¡Qué llamada al testimonio! ¡Qué llamada a comunicarte, a confesarte, a llenarme de alegría! ¡Qué llamada tan grande! Hoy tengo que preguntarme tantas veces ese “Señor mío y Dios mío”… ¡Y verte! ¡Sentirte! ¿Dónde? En tantos sitios… Tiene que ser como una expresión mía, interna: Ante tus acontecimientos… ¡Señor mío y Dios mío! Ante la Eucaristía… ¡Señor mío y Dios mío! Ante el Sagrario… ¡Señor mío y Dios mío! Ante la Santa Misa y la Consagración… ¡Señor mío y Dios mío! Como tú, Madre mía, te lo pido de todo corazón. Tú que oíste esa exclamación de tu prima: “y porque has creído te llamarán bienaventurada”. Tú, que eres la Reina de la fe, ayúdame a creer… ¡ayúdame a creer! Sé tú mi guía, sé tú mi fuerza y no me dejes. Cuando tambalee, cuando no te sienta, ¡aumenta mi fe! Te tendré que decir: “¡Dios mío y Señor mío!”. Y oiré: “La paz contigo, la paz con todos vosotros”. Y que pueda decir dónde vaya: “La paz esté con vosotros”, porque llevo a Dios, creo en Él, vivo de Él, en Él existo y en Él siento toda mi fuerza.

Semana Santa

Podéis ver aquí las fotos de la Vigilia del pasado Sábado Santo.

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Nuestros grupos de Poscomunión y Confirmación representaron la Pasión

Los chicos y chicas de Poscomunión y Confirmación, junto con sus catequistas, han representado este sábado la Pasión.

Podéis ver aquí las fotos y video de ese día.

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domingo 5 cuaresma C

 

5º CUARESMA C

¡Cómo me sorprende, Jesús, esta escena! Cuando veo a esta pobre mujer que como humana ha caído, cuando veo cómo la juzgas, cómo la ves, cómo la quieres, cómo la perdonas, y cuando veo a estos escribas y fariseos que quieren apedrearla, que quieren cumplir la ley malamente, haciendo daño a esta pobre mujer… Esta pobre mujer, Jesús, que ha sido sorprendida en adulterio, que como una más, Todos caemos, yo caigo, todo el mundo cae. Pero ¡qué distinta manera de ver este mal!: analizarlo, magnificarlo, condenarlo… a justificarlo, perdonarlo, como Tú. Me sorprende cómo actúas Tú frente al mal: miras a la mujer, miras a estos fariseos y lo único que actúa es tu corazón misericordioso. Esta pobre mujer cree que va a ser dilapidada, pero Tú, Jesús, no actúas así. Primero te quedas en silencio; ese silencio que impresiona tanto a esta mujer y me impresiona a mí y a estos fariseos. Luego escribes… no sabemos qué, pero estarías ahí poniendo palabras de amor, palabras de perdón. Y lo que más me impresiona: “Mujer, Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”. Cuántas veces mis juicios, mis condenas, mi forma de no amar, mi intolerancia, mi pronto acusar, mi pronto a decir los defectos… actúo como estos fariseos. Pero Tú, Jesús, no eres así. Actúas en el camino del amor, en el camino del perdón, y no quieres ni críticas, ni descalificaciones… nada. “Anda y en adelante no peques más”. Éstas son las grandes lecciones del amor: Tú, en forma de Padre, que perdona a este hijo pródigo, a esta mujer; y yo, que soy una persona limitada, que caigo, pero que también juzgo, y que soy como estos fariseos. Me dices: “No, tu actuación no es buena, no es conforme a mi corazón. Acoge, ama, dignifica, reconcilia, anima, alienta, ayuda al caído a salir de su error, a decirle: «Venga, anda, no peques más»”. El camino del Evangelio, el camino de tu corazón es bien distinto. El amor es el que es capaz de entender, de querer, de perdonar y de comprender al otro. ¿Cuántas veces soy como la adúltera, Jesús, y cuántas veces me dices “Anda, vete, no peques más”? Pues lo que Tú haces conmigo, que lo sepa yo hacer con los demás. Y te lo pido, Jesús, de todo corazón hoy, y te doy gracias por esta gran lección. Ayúdame a cambiar y a convertir este pobre corazón que sólo se fija en el mal y que no se da cuenta… que no comprende el perdón. Se lo pido a tu Madre, para que me ayude también y que vaya también a intercederte a ti por este corazón mío. Para que aprenda a disculpar y a amar y que aprenda a ver todas las formas de amor, todas las formas de perdón y todas las formas de misericordia. “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”… “Yo tampoco te condeno”… “Anda y no peques más”… Francisca Sierra.

cuarto domingo de cuaresma c

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4º CUARESMA C

CON LOS BRAZOS SIEMPRE ABIERTOS Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa. Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado «reprimida» en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía «la parábola del hijo pródigo», pero nunca la han escuchado en su corazón. El verdadero protagonista de esta parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: «Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida: estaba perdido y lo hemos encontrado». Este grito revela lo que hay en su corazón de padre. A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida. El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre «lo vio» venir hambriento y humillado, y «se conmovió» hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así. Enseguida «echa a correr». No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. «Se le echó al cuello y se puso a besarlo». Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él. El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Solo Dios acoge y protege así a los pecadores. El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él. Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que el Misterio último de la vida es Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.

3 domingo cuaresma C

3º CUARESMA C

2 Domingo cuaresma c

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2º CUARESMA C

TRANSFIGURAME. Sí, Jesús, Tú te transfiguras y me llevas al monte Tabor para que yo también me transfigure. Me llevas a la soledad, a la intimidad. No me puedo cambiar, no me puedo transformar si no estoy en ese monte, aislada de todo, cerrando todas las puertas del exterior y encontrándome directamente contigo. Hoy, Jesús, te doy gracias porque me quieres transfigurar, quieres cambiarme de figura, quieres transformarme, quieres quitarme todo lo que no es de tu agrado. Y me dejo transfigurar de verdad. Yo me pregunto hoy contigo: ¿me dejo transfigurar? ¿Y qué tengo que cambiar? ¿En qué tengo que quitar todo? Sólo Tú lo sabes, Jesús: transformar mi modo de pensar, transformar mi modo de hablar, transformar mi modo de accionar; transformarme completamente. Y sé que todo eso va a llevar cruz, como Tú les dijiste: “Pero antes tiene que el Hijo del hombre sufrir, pasar por la Pasión”. Y cómo les dices también Tú… —cuando están ahí como dormidos los tres discípulos, cuando han disfrutado y han visto esa transfiguración: “¡Maestro, qué bien que se está aquí!”—, pero cómo les dice: “Venga, levantaos. ¡Entremos en la vida!”. Hoy, Jesús, ¡tantas cosas me dices en este encuentro! Quiero pedirte que sepa ir al Tabor, que sepa ir al monte contigo, que me sepa aislar. Y allí, contigo, con tu ayuda, con tu fuerza, me reafirmarás en mi fe y me transformarás. Que yo sepa escucharte. “Y escucharon su voz”. Que sepa entrar en la nube de tu amor, en la nube de tu corazón. Y para que, a pesar de los miedos que yo tenga, me deje transfigurar, me deje iluminar por ti. Quiero preguntarme en este encuentro qué es lo que tengo que transformar, qué es lo que tengo que cambiar, ¿qué? A veces siento miedo de mí misma, a veces pierdo la fuerza, a veces ni te escucho… Pero Tú sabes llevarme y arrastrarme y conducirme ahí, al Tabor, para que aprenda esa gran lección de la transformación. Te doy gracias porque me ayudas a subir a la montaña, gracias porque me llenas de luz en tu nube de amor. Pero a la vez le pido a tu Madre que me enseñe, que me ayude a transformarme, a bajar del Tabor y a volver al llano, a volver a la realidad. Que yo aprenda también esta Buena nueva tuya en este tiempo de Cuaresma, de reflexión, de espera, de preparación para la Resurrección. Y con la mano de la Virgen y con tu ayuda, sí, me transformaré poco a poco. ¿Cómo? En tu contacto. ¿Cómo? Subiendo al Tabor. “Éste es mi Hijo, ¡escúchale!, ¡escúchale!”. Hoy entro contigo, me voy contigo y siento, escucho y experimento en qué y cómo tengo que transformarme. Y con la alegría de tu encuentro, bajaré a mi trabajo ordinario y me llenaré de tu amor, de tu alegría, y mi transfiguración ayudará a todos los que encuentre en mi camino. Contigo me quedo para que Tú me transformes, y con tu Madre para que también ella me ayude a transformarme.Y Jesús se transformó.. (Francisca Sierra).