VIII domingo ordinario ciclo c

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8º ordinario c

El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien (Lc 6,45). El Maestro, después del discurso de las bienaventuranzas, exhorta a sus oyentes a amar a los enemigos, a hacer el bien a los que los odian, a bendecir a los que los maldicen y orar por los que los calumnian, para ser hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. El buen corazón ofrece buenos frutos, pues quiere el bien para los otros, les procura el bien y discurre la mejor manera de favorecerlos para que sean buenos. En cambio, el que no es bueno de corazón y pretende influir en los demás no lo hace con ánimo de mejorarlos, sino de manipularlos. Se parecerá a un ciego espiritual que guía a otro ciego. El ciego corporal no puede ver las cosas que tiene delante; pero el ciego espiritual es el que no puede ver la luz de la verdad, que ilumina el camino de la vida, porque tiene los ojos del corazón enfermos; no es bueno y no puede apreciar los valores humanos de simpatía con el aquejado de algún mal, de compasión, de solidaridad y de comunión. Si un ciego se deja guiar por otro ciego, ambos terminarán en el hoyo. Los dos serán responsables de su fracaso. Lo normal será que un ciego consciente de su ceguera no pretenda convertirse en guía insensato; y que el ciego necesitado de guía no fíe su camino en otro ciego, sino en un vidente. ¡Qué ridículo tan espantoso hace el que, teniendo los ojos enlodados, pretende limpiar los de los demás! El que pretende corregir a los demás ha de examinarse primero a sí mismo. Pero ¿cómo sacarte la viga de tu ojo para poder después sacar la mota del ojo de tu hermano? Aplícate el colirio de la palabra de Dios limpia y luminosa; deja que baje a tu corazón y éste se hará bueno para destilar obras buenas y palabras claras y verdaderas.